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domingo, octubre 25, 2020
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La sequía pone en peligro el bosque nativo chileno

Chile es uno de los países más ricos del mundo en variedad de plantas. Desde el desértico norte al helado sur, sus bosques nativos representan todo tipo de ecosistemas y adaptaciones al clima y el terreno. La presión histórica que han sufrido se ve acrecentada ahora por el calentamiento global y la reciente sequía, la más larga conocida. Los expertos advierten que está perdiendo capacidad de resistir y regenerarse y abogan por poner en marcha tareas de restauración y adaptación al cambio climático.

Hace 20 años, transitar el camino que va desde la ciudad de San Fernando, en la sexta región de Chile, donde hoy inicia el famoso Valle de Colchagua, cuna de los vinos chilenos más premiados a nivel mundial, era adentrarse en una zona siempre verde, rodeada por los imponentes cordones de cerros de la Cordillera de la Costa y atravesada por el río Tinguiririca.

A cada lado del camino era posible ver no sólo diversidad de plantaciones frutales: manzanos, ciruelos, naranjos y limones, entre otros, sino que, al levantar la vista, se podían ver los cerros de bosque esclerófilo milenario, propio de la zona central del país. Se adivinaban litres, quillayes, palmas chilenas, espinos, pataguas y boldos, entre otros, además de cientos de animales y aves.

Hoy, en medio de la pandemia y a las puertas de un verano que, nuevamente, se vaticina como extremadamente caluroso para Chile, esos bosques siempre verdes y los frutales que los acompañaban son un recuerdo. Desde hace algunos años que estos últimos han sido reemplazados por vides, que continúan el legado vitivinícola que ha dado fama mundial a este Valle, mientras que los bosques esclerófilos han ido cambiando su color verde por un tono seco, que hace presagiar el peor desastre forestal en años en caso de que se prenda ahí una llama.

Vista panorámica de un viñedo en el valle de Colchagua, Chile. | Foto: José Luis Stephens

Sin ir más lejos, hace pocos días, el ministro de Agricultura chileno, Antonio Walker, declaraba que “el pronóstico del clima prevé temperaturas máximas muy altas, baja humedad relativa, alta velocidad del viento y, lo más preocupante, mucho estrés hídrico en el bosque esclerófilo”. El responsable de Agricultura añadía: “El pasto verde engaña: el bosque está muy seco y, al estarlo, es una cantidad de combustible enorme por lo que el pronóstico para la temporada de incendios es muy malo”.

De esta manera, la autoridad de gobierno enciende las alarmas, una vez más, advirtiendo de un problema que, con mayor ocurrencia en la última década, ha devastado extensas zonas de bosque nativo en la zona centro y centro sur del país. Incendios generados por el ser humano, ya sea por accidente, intencionalidad o error, pero que, a diferencia de lo que pasaba hace cientos de años en estos mismos bosques, están impidiendo su regeneración.

Bosque en Chile, siempre en alerta

Históricamente, el bosque chileno ha estado a las condiciones geográficas y climáticas de su largo y ancho territorio. Desde el norte del país y hasta la zona extrema de la Patagonia la flora constituía ecosistemas diversos y ricos en especies, que hacían del país un verdadero paraíso: montañas en lo alto, laderas verdes y luego un mar puro y extenso.

Sin embargo, los diversos asentamientos humanos que se fueron desarrollando en estas tierras, primero con los pueblos originarios y luego por los conquistadores españoles, chilenos, europeos y tantos más hasta la fecha, fueron cambiando una imagen que hoy sólo puede reconstruirse en los libros de historia y de los cuales sabemos muy poco.

Pampa Tamarugal, al norte de Chile.

Al respecto, el doctor Pablo Becerra Osses, docente de la Facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal de la Universidad Católica de Chile e investigador del CAPES, centro de investigación científica y tecnológica de la misma entidad, señala algunas de las particularidades de los ecosistemas chilenos.

“La zona norte de Chile siempre se deja un poco de lado en cuanto a ecosistemas forestales, sin embargo, en el pasado hubo, pero se perdieron y prácticamente no existen ya a nivel de ecosistemas, excepto la Pampa del Tamarugal y algunos bosques relictos o quebradas que se mantienen perturbados, degradados, fragmentos pequeños. Pero es importante tener en cuenta que hubo bosques”, explica el investigador.

En estas tierras, los bosques fueron depredados en la antigüedad, ya sea para levantar construcciones o generar combustible, convirtiendo a los árboles en leña y carbón. Luego, con el ingreso del ganado, se imposibilitó que ese bosque fuera regenerándose, a lo que se sumó también la intensidad de cientos de incendios, que fueron abriendo camino a más tierras para el ganado y la agricultura.

Ejemplar de queñoa (‘Polylepis tarapacana’) especie que crece por encima de los 4.000 metros de altura en el altiplano chileno. | Jef Wodniack

Hoy, en la zona norte de Chile, conocida como la biorregión del altiplano, existen aún bosquetes de especies arbóreas en las quebradas cordilleranas, como las queñoas, unos árboles de tronco retorcido que crecen lentamente por encima de los 4.000 metros de altura y es considerada la especie que logra prosperar a más altitud en el mundo.

Por su parte, en la biorregión del desierto, se encuentra, cerca de la ciudad de Iquique, la Pampa del Tamarugal cuyo nombre deriva de los tamarugos, árboles que tienen la capacidad de crecer en suelos con poca agua y mucha sal, mientras que, hacia el sur de la región, crecen los bosques de chañar, cuyo fruto fue muy apreciado como alimento por los indígenas.

La Pampa de Tamarugal, cerca de Iquique, en Chile, teñida de verde después de las lluvias. | Foto: Andrea Barceló

Los bosques de la zona central de Chile

En la zona central de Chile, por su parte, predominan los bosques esclerófilos, es decir, vegetación adaptada para crecer en climas del tipo mediterráneo, que puede prosperar en lugares con inviernos lluviosos y veranos secos, en condiciones semiáridas.

Éstos soportan prolongados períodos de sequía y fuertes diferencias de temperaturas entre el día y la noche, al interior del continente, y diferencias de temperaturas moderadas, en la costa. Acá encontramos especies como espinos, quillayes, boldos, peumos, bollenes, maitenes, palmas chilenas, molles, lingues, litres y pataguas, cuyas poblaciones son cada día más exiguas.

Estos bosques esclerófilos son los que, desde hace un par de décadas, han venido sufriendo los efectos del cambio climático y de la depredación humana con mayor intensidad, ya sea por medio de incendios, talas, ganado o la introducción de especies exóticas.

Bosque esclerófilo en la zona central de Chile, un paisaje similar al de otras zonas de clima mediterráneo.

De hecho, en el año 2017 esta fue la zona donde se vivió el mayor incendió que ha sufrido Chile en su historia. Definido como “la tormenta de fuego”, el evento consumió más de 587.000 hectáreas con 687 incendios simultáneos en siete regiones del país. Quedó registrado como uno de los más rápidos e intensos de la historia.

En estos bosques de la zona central se ha visto con claridad cómo el panorama visual ha ido cambiando, pasando desde bosques siempre verdes a nivel aéreo, a individuos secos no sólo a nivel de ramas y follaje, sino hasta su raíz. Esto ha permitido la rápida expansión del fuego, dejando vastas zonas despejadas. Al mismo tiempo, las especies retomen un ciclo que las ha caracterizado desde siempre, su capacidad de regeneración tras las llamas, aunque ahora con otras características.

Las especies nativas del centro de Chile están adaptadas a la sequía y a resistir en parte el efecto del fuego

“Hay cierta adaptación de muchas especies nativas de Chile para resistir y reproducirse después de incendios, sobre todo regenerar desde cepas o desde raíces. Hay muchas especies que tienen este potencial de regeneración desde lo que se llaman tocones, los remanentes de la base del árbol”, explica el investigador Pablo Becerra del CAPES.

“En pasado hubo períodos de sequía y muchas especies se adaptaron a resistir esas etapas de bajas precipitaciones o a reproducirse una vez que esas sequías terminaban. Las sequías generaban mortalidad, pero las raíces no morían o se mantenía una cepa viva, subterránea en general, y una vez que volvían a ocurrir años más lluviosos, se producían rebrotes desde estas cepas”, continúa Becerra.

Palmas y otra vegetación del bosque esclerófilo chileno.

“Gracias a esa adaptación actualmente tenemos bosque esclerófilo, pues históricamente los bosques de la zona central de Chile, en un 99% de su superficie se han incendiado alguna vez, y también han sufrido talas y el paso del ganado. Si esas especies no hubieran tenido esa adaptación, no quedaría bosque esclerófilo”, expone el académico de la UC, Pablo Becerra.

Sin embargo, esta capacidad regenerativa del bosque nativo parece estar cambiando, pues los rebrotes no están pudiendo formar nuevamente ramas o individuos grandes, sino que están muriendo o reproduciéndose mucho menos de lo que ocurría anteriormente.

“La capacidad de regeneración natural del bosque nativo parece estar cambiando”, afirma el investigador Pablo Becerra

La duda es saber si esta capacidad de rebrotar que ha tenido el bosque esclerófilo en Chile podría verse afectada por la disminución de las precipitaciones. “Hay cierta evidencia, no en las especies chilenas, pero sí en especies de climas mediterráneos europeos, de que las plantas que tienen ese potencial de regenerarse vegetativamente van perdiendo con la edad el vigor con que rebrotan. O sea, las cepas que son muy viejas, 400 o 500 años, van perdiendo esa capacidad de rebrotar, y eso probablemente está determinado genéticamente”, nos comenta Pablo Becerra.

“Ahora, si sumamos una reducción en los niveles de precipitación, probablemente esa capacidad se reduce más, incluso en cepas no tan viejas, y si los años secos siguen ocurriendo, también es probable que muchas de esas especies no puedan volver a rebrotar y probablemente también se dé en las especies más hidrófilas”, continúa el investigador.

Las especies hidrófilas, es decir, más amantes del agua, son las más frágiles, pero, tal como explica el académico “justamente están en los hábitats más húmedos y son las especies que en algunos casos se han salvado más. En cambio, las especies de laderas o de hábitats un poco más secos, no han acumulado agua, y si bien son especies que en teoría toleran más la sequía, son las que justamente se ven prácticamente secas”, explica el académico.

La selva valdiviana

Continuando más al sur de Chile con nuestro recorrido, encontramos la biorregión de los bosques húmedo-templados, al sur del río Biobío (octava región).

En la parte norte de esta región es posible observar bosques de araucarias o pehuén, también coihues, raulíes, mañíos y otros. Más al sur los bosques incorporan a especies más higrófilas, como alerces, árboles que pueden vivir hasta 4.000 años y que pueden encontrarse junto a ulmos, coihues, laureles, olivillos, raulíes, lengas, robles y canelos.

Interior del bosque húmedo del sur de Chile o selva valdiviana.

En este tipo de bosque, conocido como selva valdiviana, abundan los arbustos, las plantas epifitas y las enredaderas, además de flores, como el chilco, el copihue, los michayes, el coicopihue, los claveles del campo, las medallitas y tantas otras.

Ya en la región patagónica de Chile existen bosques adaptados a las complicadas condiciones climáticas imperantes, con mucha agua, grandes fríos y suelos delgados y pobres, donde encontramos el coigüe de Magallanes, la lenga, el canelo, el ñirre y el ciprés de las Guaitecas.

Todas estas especies presentan adaptaciones importantes a los factores ecológicos de la región. “Hay especies que están adaptadas a resistir al vulcanismo, incluso a la lava directa, y otras que están adaptadas a resistir a perturbaciones generadas indirectamente, como los incendios generadas por los volcanes”, expone Becerra.

Bosque lluvioso en la región de Valdivia en Chile. | Foto: Maciej Bledowski

Nuevas alteraciones del bosque nativo

Las investigaciones científicas en el ámbito del impacto del cambio climático y la disminución de precipitaciones en Chile no son muchas por el momento, pero sí han podido dar cuenta de que en el país está ocurriendo un impacto importante en mortalidad de especies nativas, especialmente en la zona central de Chile.

Esta es precisamente el área donde se ha acentuado la reducción de las precipitaciones, en comparación a lo que llovía hace 20 o 30 años atrás. Pero, lamentablemente, acá podrían también estar ocurriendo otros impactos menos visibles, como por ejemplo el que los árboles con algún nivel de estrés hídrico se estén volviendo menos tolerantes a hongos, como lo que aparentemente está ocurriendo con la araucaria.

“Todavía no está la conclusión final, no se ha publicado la conclusión que diga qué es lo que ocurre con la araucaria, pero toda la evidencia apunta a que es un patógeno el que está generando su mortalidad, un patógeno que al parecer vivía en ella, que siempre estuvo en estos bosques de araucarias y que su efecto se debe, mayormente, producto del estrés hídrico que están teniendo algunos individuos de esta especie”, explica el investigador Pablo Becerra.

Por ahora esa mortalidad no es masiva, pero claramente pone una alerta sobre un evento poco estudiado y que no se había dado hasta este momento. Por ahora es la araucaria, especie milenaria del bosque chileno, pero también podría estar afectando a otros árboles y especies que habitan el bosque, de lo cual no sabemos nada.

Bosque de araucarias, el árbol emblemático de Chile.

El bosque nativo chileno, en general, presenta diversos tipos de amenazas, dependiendo de su composición, pero en este momento, todas las que podrían presentarse, según la zona y el tipo de especie, están latentes en él.

La zona central, debido a que presenta un período seco que es natural a su condición, es mucho más susceptible a sufrir incendios y, por ahora, es la que presenta mayores riesgos. Pero también debemos sumar hoy la crisis hídrica, con su disminución de las precipitaciones; el impacto del ganado y a la gran invasión de hierbas exóticas, muy agresivas y que probablemente han generado la reducción en la regeneración y germinación de especies nativas chilenas.

Estas especies herbáceas se introdujeron intencionalmente para cultivos agrícolas, pero muchas de ellas también llegaron a Chile mezcladas en bolsas que traían semillas para el cultivo local. También son transportadas en el calzado de los turistas, en los vehículos o en el ganado que ha llegado de Europa.

Hojas y frutos de ‘Cryptocarya alba’ o peumo, una planta característica del bosque esclerófilo de las regiones centrales de Chile. | Foto: Penarc

Incluso las aves nativas han logrado dispersar, por ejemplo, la zarzamora, especie arbustiva muy invasora, generando en las áreas más degradadas del bosque coberturas muy densas de esta planta cargada de pinchos y difícil de erradicar.

Otra amenaza latente en Chile es el remplazo del bosque nativo por cultivos agrícolas, lo cuales es legalmente posible. En el país puede cortarse bosque nativo para uso agrícola, sin que sea necesario un estudio de impacto ambiental, como sí se solicita en otros proyectos, como inmobiliarios, mineros, obras públicas o eléctricos. De hecho, en la zona central del país es posible observar laderas de cerro con plantaciones de paltos y vides donde anteriormente hubo bosque nativo o matorral esclerófilo en buen estado de conservación.

La restauración de bosques es posible

El investigador Pablo Becerra considera que un desafío nacional  es la recuperación del bosque degradado y hacerlo además en un contexto de crisis hídrica y cambio climático. “Creo que se puede restaurar, y hacerlo en función de cómo van a ser las condiciones climáticas nuevas. En la zona central probablemente hay algunas especies que ya se han extinguido y que ahora no se pueden restaurar, porque requieren más agua. Pero otras especies nativas más adaptadas a ambientes secos, sí podrían prosperar. Podemos recuperar una masa de bosque nativo o de matorrales nativos, matorrales xerofíticos que se les llama, y existe conocimiento de técnicas para acelerar esa recuperación”, explica Becerra.

“Aun así, en la quinta región y en Santiago, zonas más áridas, ya no sería conveniente restaurar el peumo (Cryptocarya alba) por ejemplo, el cual ha ido presentando muchos ejemplares secos, pero sí se podrían plantar otras especies arbóreas, como el litre (Lithraea caustica) que resiste más la sequía y colliguayes (Colliguaja odorífera), entre otros”, continúa el investigador.

“En la cuarta región, donde ahora el litre es el amenazado, se podrían plantar otras especies, como la flourensia o ñinquil (Flourensia thurifera), un arbusto que crece más o menos bien en zonas áridas; el huingane, (Schinus polygamus) que resiste muy bien la sequía, incluso colliguayes, dependiendo de la zona climática o de las condiciones de hábitats”, finaliza el experto.

Esto podría darse desde el norte al centro de Chile, aunque en menor cantidad de territorio que en el pasado, pues muchos de esos bosques antiguos hoy son zonas agrícolas.

Bosques de lengas ‘Nothofagus pumilio’ o hayas australes en la Patagonia de Chile. | Foto: Oleg Senkov

Ante el panorama descrito, el científico considera que es el momento de asumir una nueva conducta, que podría permitir que el futuro no sea tan desolador para el bosque chileno.

Lo primero, es continuar investigando. “La investigación debiera centrarse no sólo en los impactos de la crisis hídrica, sino que también en evaluar la posibilidad de amortiguar esos impactos, generar algún tipo de restauración, dónde sea factible, porque probablemente en algunos casos ya no hay nada que hacer”, expone Becerra.

En resumen, la gran pregunta sería conocer la real posibilidad de que los bosques chilenos sigan manteniendo esa capacidad que tan tenido siempre de regenerar y sobreponerse a todos los impactos que el ser humano y la misma naturaleza les ha impuesto.


Fuente: El Ágora Diario

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