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martes, julio 7, 2020
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Desertificación y sequía: las mayores plagas que amenazan a la humanidad

El cambio climático y la sobreexplotación de los recursos hídricos está provocando que muchas regiones de nuestro planeta se encuentren al borde de la extenuación y, en consecuencia, se desertifiquen. El Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía pone el foco en esta grave amenaza al futuro de la supervivencia humana.

Dice el refranero popular que “quien siembra vientos, recoge tempestades”. Una perfecta metáfora para advertirnos de que, si emprendemos acciones mal encaminadas, posiblemente desencadenemos unas consecuencias para nada satisfactorias.

En nuestro caso, esa tempestad está representada en el tormento, o más bien la ironía de saber que los seres terrestres, cada año que pasa, estamos más alejados de disponer de un suministro adecuado de agua que nos permita sobrevivir, a pesar de que nuestro planeta goce de una superficie compuesta en un 70% por ese recurso.

Los seres vivos que habitamos tierra firme somos como ese náufrago a la deriva que, con pesar, se muere de sed a pesar de estar rodeado de agua

La razón de esa paradoja es que tan solo el 2,5% de toda el agua terrestre es dulce, es decir, que se puede consumir. A ese pequeño porcentaje habría que restarle toda el agua dulce que se encuentra escondida en acuíferos o congelada en los Polos (90%) y que, por tanto, no se puede aprovechar en principio. Aun así, y a pesar de que solo disponemos de un 0,007% de agua para consumo, siempre hemos dispuesto de la suficiente para abastecernos.

El problema es que durante los últimos decenios la disponibilidad de agua dulce ha disminuido como consecuencia de dos fenómenos antropogénicos que no solo han alterado el recurso, sino que lo han llevado a la más alta de las extenuaciones: el cambio climático y el crecimiento demográfico.

El primero de ellos, producido a raíz de la masiva emisión de gases de efecto invernadero (GEI) desde la Revolución Industrial, ha perturbado poco a poco el sistema climático de nuestro planeta. En consecuencia, se ha comenzado a experimentar un aumento en la frecuencia con la que ocurren los fenómenos climáticos extremos que, entre otras cosas, merman la disponibilidad de agua.

Un ejemplo son las altas temperaturas que, si bien comienzan a ser elevadas, para el 2070 se espera que sean similares a las del Sáhara en algunas regiones del mundo, como en España. Esto es crítico para el agua ya que una mayor temperatura implica una aceleración en la tasa de evapotranspiración y, por lo tanto, menor cantidad de agua en los suelos.

Las lluvias también están sufriendo modificaciones por el cambio climático ya que, según los expertos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), la frecuencia e intensidad con la que ocurren es muy distinta que en pasadas épocas. Las lluvias de ahora son más agresivas y se limitan a aparecer durante unas pocas semanas al año, aumentando la escorrentía y disminuyendo la capacidad del suelo por absorber el agua que suministran.

Estos ejemplos son solo la punta del iceberg. En el mundo nos podemos encontrar con otros muchos fenómenos que alteran la disponibilidad de agua a la par que reducen la salud del suelo, como son los incendios de sexta generación que destruyen la esencial cubierta vegetal.

El desierto de Tabernas, en Almeria, es una de las zonas desertificadas de España

A esta disminución en la disponibilidad se une un aumento en la demanda originada por el aumento demográfico humano. Un mayor número de personas requieren de un mayor suministro de alimentos y, por lo tanto, de una mayor cantidad de agua para producirlos.

De acuerdo con el informe mundial de las Naciones Unidas sobre el desarrollo de los recursos hídricos del 2019, este hecho ha provocado que “el uso del agua se haya incrementado en un 1% anual en todo el mundo desde los años 80”.

De hecho, ese documento informa que la demanda de agua seguirá aumentando a un ritmo parecido hasta 2050, lo que representa un incremento del 20 al 30% por encima del nivel actual de uso del agua.

La agricultura, entendida como aquella actividad que trata el suelo no solo para producir alimento sino otros materiales para otros usos, como el algodón, es y será la mayor consumidora de agua en todo nuestro planeta. Según otro informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), esta actividad aglutina casi 69% de las extracciones de agua a nivel global, a diferencia de industria y los hogares donde van a parar el 19% y el 12 del agua mundial respectivamente.

Al excesivo uso de agua se une otro gran problema: la necesidad de extender las tierras de cultivo. Actualmente, cerca del 70% de los ecosistemas naturales se han transformado para seguir cultivando, una cifra que puede llegar al 90% dada la demanda. En consecuencia, se deberá destruir más cubierta vegetal, provocando esté expuesto a fenómenos como la erosión que, a la larga, provocarán que pierda su calidad.

La  ONU destaca que la agricultura puede estimular aun más el cambio climático cuando se refiere a la producción de materiales textiles ya que la producción de ropa y calzado producen el 8% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Para mitad de siglo, la ONU advierte que esa cifra puede aumentar hasta el 50% y que se necesitarán más de 115 millones de hectáreas de tierra para satisfacer la demanda, eso es una extensión de terreno más grande que el doble de la superficie de España.

De igual manera, se debe destacar que la agricultura no es la una actividad intensiva que degrada la tierra, sino que la ganadería es, con ventaja, la mayor destructora de suelos. De hecho, según la ONU, “un tercio de la tierra cultivable mundial se usa para producir alimento, mientras que el 26% de la superficie terrestre libre de hielo de la Tierra se usa para la ganadería”.

La acción conjunta del aumento de la demanda de agua, la disminución de su disponibilidad y la destrucción de las cubiertas vegetales para otros usos han originado un enorme problema para nuestro planeta, que no es otro que el de la agotamiento de los recursos del suelo representado en forma de desertificación. Son los vientos que hemos cultivado todos estos años.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) este proceso se entiende como un cambio en la salud del suelo resultando en una disminución de la capacidad del ecosistema para producir bienes o prestar servicios para sus beneficiarios.

“Los suelos degradados poseen un estado de salud con el que no pueden proporcionar los bienes y servicios normales del suelo en cuestión en su ecosistema. Es un cambio irreversible de la tierra a tal estado que ya no puede ser recuperado a su uso originario. Se vuelve inservible”, explica la FAO.

Este proceso está provocando muchas regiones del mundo pierdan poco a poco sus tierras. España no es una excepción: según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, más de dos terceras partes de nuestro territorio pertenecen a las categorías de áreas áridas, semiáridas y subhúmedas secas (áreas susceptibles de sufrir desertificación)  que, en su mayoría, se encuentran en el sureste del país.

Por ello, es necesario luchar contra este problema que amenaza con agravar muchos de los desafíos ya presentes en la actualidad, como la seguridad alimentaria o el estrés hídrico, que afectan a cera de dos mil millones de personas en el mundo.

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Mapa de las regiones con más aridez en España (clic para ampliar) | Foto: Mapa

Día Mundial de la desertificación y sequía

La comunidad internacional ha reconocido desde hace tiempo que la degradación de la tierra y la  desertificación es uno de los mayores problemas de la actualidad ya que puede acarrear terribles consecuencias a nivel económico, social y, sobre todo, ambiental.

Por ello, en 1977 se celebró en Nairobi, Kenia, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desertificación (UNCOD) donde se aprobó un plan de acción para combatir la desertificación. A modo de curiosidad, en los mapas elaborados en esa reunión, donde señalaron las áreas en riesgo de desertificación, España era el único país de Europa occidental que registró importantes zonas sometidas a este proceso.

Sin embargo, ese plan fracasó debido a que, en un balance realizado por el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el problema de la desertificación, lejos de haber mejorado, había empeorado.

La convención nacida en 1994 también animó a los países a formular metas voluntarias a fin de alcanzar la NDT. En este sentido, España desarrolló su Programa de Acción Nacional contra la Desertificación. No por ello los países se dieron por vencido y, encabezados por las regiones africanas, se decidió revivir el caso en la Cumbre de la Tierra de 1992 celebrada en Río de Janeiro. En esa conferencia se aprobó un nuevo enfoque para abordar el problema que, tras dos años de intensas negociaciones, se materializó en la primera Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación en los países afectados por sequía grave o desertificación, en particular en África (CLD).

Según la ONU, esa convención se presenta como “el único acuerdo internacional legal que vincula el medio ambiente y el desarrollo con la gestión sostenible de la tierra” y es el artífice de aprobar en su duodécima sesión (2015) la meta 15.3 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), así como el concepto de neutralidad de la degradación de las tierras (NDT, o LDN por sus siglas en inglés).

El objetivo de la Convención es luchar contra la desertificación y mitigar los efectos de la sequía en los países afectados por sequía grave o desertificación, en particular en Africa, mediante la adopción de medidas eficaces en todos los niveles, apoyadas por acuerdos de cooperación y asociación internacionales, en el marco de un enfoque integrado acorde con el Programa 21, para contribuir al logro del desarrollo sostenible en las zonas afectadas.

La consecución de este objetivo exigirá la aplicación en las zonas afectadas de estrategias integradas a largo plazo que se centren simultáneamente en el aumento de la productividad de las tierras, la rehabilitación, la conservación y el aprovechamiento sostenible de los recursos de tierras y recursos hídricos, todo ello con miras a mejorar las condiciones de vida, especialmente a nivel comunitario.

En la última COP de la CLD, celebrada en septiembre de 2017 en Ordos, China, las 197 partes adscritas acordaron una nueva hoja de ruta mundial para abordar la degradación de la tierra durante el periodo 2018-2030. Según la ONU, es el “compromiso más completo para lograr la Neutralidad de la Degradación de la Tierra”

Además de esos hitos, la CLD destaca por declarar el 17 de junio como “el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía”, una jornada pensada para no solo fortalecer el espíritu de esta convención, sino para concienciar a la sociedad sobre un problema que afecta a miles de millones de personas en todo el mundo, sobre todo en África.

Este año el Día Mundial se centra en cambiar las actitudes públicas hacia la principal causa de la desertificación y la degradación de las tierras: la producción y el consumo incesantes de la humanidad. Por ello, este año se ha elegido el lema “Alimentos. Forrajes. Fibra” que representan los tres productos más cultivados en el mundo.

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Logotipo 2020 del Día Mundial contra la desertificación y la sequía | Foto: ONU

En España, diversas ONGs están aprovechando el marco que ofrece este día mundial para exigir al Gobierno un cambio en el uso de agua de nuestro país ya que, según argumentan, avanza por una senda insostenible.

Es el caso de Ecologistas en Acción, que advierte que en nuestro país existen unos cuatro millones de hectáreas de regadío, una práctica agrícola “que degrada los suelos, provoca su erosión e incrementa el estrés hídrico en nuestro país”.

En este sentido, Greenpeace insta a que se persiga realmente la sobreexplotación de los recursos hídricos, se acabe con las extracciones de agua de pozos ilegales y se dé un giro al modelo de agricultura y ganadería en España para frenar la desertificación.

Asimismo, pide que se garantice una política forestal, basada en una silvicutura eco-hidrológica en línea con las necesidades del país más árido de Europa, que adapte los ecosistemas forestales a los nuevos escenarios de cambio climático y evitar la proliferación de viviendas y urbanizaciones en los espacios forestales y concienciar a la sociedad sobre el riesgo de los incendios.

Aun estamos a tiempo de sustituir esos vientos plantados por las semillas de un progreso sostenible que nos garantice un fruto beneficioso no solo para nosotros, sino para el futuro del planeta y de los recursos que nos ofrece.Agua no convencional

Una de las propuestas lanzadas por la ONU radica en el uso fuentes de agua no convencionales para abordar la escasez de agua en áreas donde el acceso sostenible al agua es limitado.

Estas prácticas pasan por recolectar el agua de la niebla, como ya lo hacen algunos insectos, a través desaladoras e, incluso, mediante la regeneración de agua.

Esta última vía se lleva realizando desde hace tiempo en distintas regiones del mundo, como California, donde el agua es uno de los recursos más preciados que tienen. En Europa poco a poco el uso de este tipo de fuente va conquistado terreno. De hecho, España es el líder europeo en reutilización de agua.

En la actualidad, somos el país que más volumen de agua reutilizada produce y ocupamos la quinta posición a nivel mundial en cuanto a capacidad de reutilización instalada.


Fuente: El Ágora Diario

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